sábado, 10 de enero de 2009

Hoy presentamos: De adivinas y traiciones. (Capítulo VI)

Mediodía en Suecia. Un teléfono resuena en el corazón del barrio “La Empanada” de Oslo. “Hola... ¿Quién molesta?”, atendió una voz suave y angelical. “¿Ya no me reconocés? Yo, cabezona, Gabriela Sabatini...”, respondió un graznido al otro lado de la línea.


“¡Querida! ¿Cómo estás?” arremetió, feliz, la primera voz. Sí, amigos, no lo duden: son las cuerdas vocales de la abuela guerrera las que pronuncian estas palabras. Al tiempo que cumplía con su hobby de amaestrar serpientes de cascabel con los pies, Ester se daba unos minutos para hablar con su vieja compañera de dobles...


“Bien, acá estoy... Planeando un secuestro y tratando de beberme 8 litros de ron sin emborracharme”, comentó la ex tenista argentina. “¿Y vos?”, preguntó. “Mirá querida, no sé lo que me pasa...” explicó Ester mientras, con una mano, le daba de comer a un mandril con tuberculosis que Ricky Martin le había regalado durante la gira de “Vuelve”.


“Ayer sufrí una hernia de disco, la semana pasada tuve cistitis, y hoy me salió un callo verde en la clavícula”, explicó la anciana. “Qué raro, genia... ¿No estarás embrujada vos?”, preguntó Sabatini. “Ah! ¿Y por qué pensás eso?”, interrogó la abuela guerrera. “Es fácil... Te tienen mucha envidia por ahí...”, siguió la ex tenista. “Ayer estuve en el Salón de la Justicia y no sabés: Batichica habla pestes de vos, y las Tortugas Ninjas me comentaron que, en cuanto cobren sus respectivos sueldos, van a robarte el bastón y pisotearte todo el jardín”, completó Sabatini.


“¡No te puedo creer!”, sostuvo la abuela. “Ajá. Pero escuchá: en el centro de Oslo hay un lugar en el que se cura a la envidia y otros males esotéricos... y de paso te comentan como viene tu futuro. Te doy la clave telefónica para que llames...”, propuso la argentina. “Dale, quemada”, asintió Ester. “Anotá: 2UnLimited – 4NonBlondes – 2X3llueve – 7Up. Listo, llama y decí que vas de mi parte”, concluyó la morocha nacida en Buenos Aires.


En breves instantes, la anciana se sujetó el cabello blanquecino con un bigote de gato angora, pintó su boca con polvo de ladrillo, y partió en su Toyota Corolla rumbo al lugar indicado por su amiga. Una hora después, estacionaba su automóvil frente a “El Oráculo del Gusano Descompuesto: Predicciones y Pizza a domicilio” y, tomando su bastón modelado en sauce llorón, caminó algunos pasos buscando la puerta de ingreso al lugar. Como no logró hallarla, decidió escabullirse por una ventana, para luego dar con la recepción del nostradamusiánico comercio.


Ya en el salón principal, una anciana, con un oso hormiguero durmiendo sobre su cabeza, la recibió entre aplausos y breves ataques de hipo. Enseguida, una asistente de la primera mujer, vestida con una remera de Metallica (Album: Ride the Lightning) se dirigió a la abuela guerrera: “Pase por aquí, ancianita minusválida. La estábamos esperando...”.


Luego de trasponer una cortina hecha con lianas ecuatorianas y restos de un trasbordador espacial, Ester ingresó a una habitación oscura, en donde 2 mujeres acariciaban, a modo de bola de cristal, la pantalla de un televisor Grundig 29 pulgadas mientras repetían palabras en filipino básico. “Siéntese”, le indicó una de ellas. Un tanto temerosa, la anciana tomó asiento frente a una mesa hexagonal, rodeada de velas, fotos de Los Parchís, la radiografía de un maxilar de cachalote, y una avioneta estrellada en cuya ala podía leerse, en rojo vivo, “Los Muppets son enviados del diablo”. “Usted está embrujada, viejarda”, la abordó una de las médiums, mientras se rascaba la espalda con un rallador de queso. “Le tienen envidia”, completó la otra, casi sin mirarla. “Lo suponía...”, contestó Ester, cruzándose enseguida de piernas. “Usted tiene várices”, arriesgó nuevamente una de las médiums.


“Claro. Tengo 75 años y me quedaron algunas huellas de mi época de domadora de linces...”, se defendió la anciana. “Bueno, viejarda, se acabó la consulta: son $ 300”, intervino, desde atrás de la cortina, la mujer que llevaba al oso hormiguero sobre su cráneo. “ A ver si la cortamos con eso de ‘viejarda’... Mmmmm, ahora... ¿No es mucho lo que me están cobrando?” preguntó Ester, con un cierto grado de enojo en su voz. “Ni ahí, viejamaiquina, te estamos haciendo un regalo”, volvió a contestar la del oso, al tiempo que confeccionaba una marioneta con los rizos oscuros de una norteamericana que había pagado su consulta con cabellos.


“¿Y qué más?”, preguntó Ester, poniéndose de pie. “Nada más por ahora. Venga la semana que viene con $ 1000 y le contamos el final de la historia...”, replicó una de las médiums. “Ustedes están cometiendo un error. Soy jubilada y no dispongo de esa suma”, aclaró la anciana, visiblemente molesta. “Entonces salga a trabajar, vieja haragana. Yo también soy adivina y sé que usted tiene más dinero en su casa”, interrumpió otra vez la del oso. “Me cansé. Acá se arma...”, murmuró Ester, y alzó su bastón en dirección a las médiums. “Tranquila. En este lugar espiritual a los nerviosos los calmamos enseguida”, comentó la del oso. Acto seguido, dos hombres fornidos ingresaron en la sala: eran Ronaldo y Ronaldinho.


“Muchachos, a ver si sacuden un poquito a esta ancianita adinerada”, ordenó una de las médiums. Ester no permitió la respuesta de los recién llegados. Utilizando su bastón como martillo neumático, aplicó 37 golpes secos en la mejilla izquierda de la mujer que portaba al oso, hasta provocarle a ésta un ataque de presión que la dejó paralizada. Asustado por el repique del bastón, el oso hormiguero, tosiendo primero y dando un salto después, se aferró con garras y muelas al párpado derecho de Ronaldo. Ciego, el astro brasileño intentó quitarse al animal de encima, pero un puntapié de Ester en los genitales del jugador lo dejó fuera de combate.


Obviamente, Ronaldinho intentó detener a la abuela guerrera. Ágil, el futbolista lanzó dos escupitajos en dirección a la anciana, esto con intención de confundir los movimientos de la belicosa mujer. Por fortuna, Ester logró eludirlos efectuando una mortal -al mejor estilo clavadista mexicano- que la depositó sobre una mesa de araucaria tallada a golpes de coxis. Una vez allí, la anciana encendió un habano y, lanzando una bocanada de humo sobre el rostro del brasileño, petrificó a su oponente. El humo tenía sus efectos: por culpa de él, Ronaldinho culminó, en cuestión de segundos, por volverse comunista. Así, y en cuanto recupero la movilidad de sus talones, el moreno partió a la carrera, rumbo a una librería en la cual pudiese conseguir un Obras Completas de Federico Engels.


Asustadas ante el poderío de la abuela, las médiums se cobijaron en un rincón de la oscura sala. Finalmente, lo confesaron todo: las adivinas tenían un convenio con Gabriela Sabatini. La ex tenista, en bancarrota dada su afición a coleccionar fotocopias y asistir a carreras de karting, percibía una comisión por cada clienta que acercaba al centro de augurios sobrevaluados.


En silencio, cabizbaja, Ester subió a su Toyota Corolla y se perdió en las calles de una Oslo desierta. Ensombrecida, se detuvo en la taberna “El Retorcijón”; lugar en el que la esperaban dos de sus mejores amigos: Batman y, siempre alcoholizado, el inefable gato Chatrán. Allí, la anciana bebió medio litro de vodka “Absolut”, 2 vasos de anti congelante para motor de lancha, rompió el inodoro de un baño y, prácticamente a capella, grabó un disco con los españoles de Jarabe de Palo, que justo cenaban en el lugar... Aún así, nadie logró hacerle olvidar todo lo ocurrido: una amiga la había traicionado y el dolor era inmenso. Insoportable. Sobre su vaso de vodka, Ester escurrió una lágrima que, inocente, jugó por unos instantes entre los pliegues arrugados de su cansada mejilla. “75 años y una nunca termina de conocer a la gente”, pensó la abuela guerrera. Y tenía razón. Por eso, no sintió sorpresa alguna cuando Batman, conmovido por el sufrimiento de su amiga, la abrazó para luego decirle al oído: “Corazón mío: en realidad soy Bruno Díaz...”.


No. Nunca se termina de conocer a las personas. Quizás por ello, aún los superhéroes son tan necesarios. Quizás por ello, aún Ester continúa con su misión de salvaguardar, sin descanso, a ese eterno amanecer que siempre deviene en nuestras más bellas esperanzas.


*Basado en una historia real


sábado, 4 de octubre de 2008

Hoy presentamos: "Ester salva a una ballena". (Capítulo V)

Oslo, 6 de la mañana. Luciendo un traje de baño de dos piezas, con un estampado de Ricardo Montaner en la tela, Ester salió de su casa con la intención de darse un ligero chapuzón en el Mar del Norte. Pese a que el termómetro marcaba 39 grados bajo cero, la anciana de 75 años se sentía un tanto acalorada. Eso, demás está decirlo, era previsible: recién había culminado con una serie de ejercicios que incluían 8 horas de pesas, 323 series de abdominales y 5 horas de tejido al crochet.

Una vez en el agua, la anciana nadó durante un par de horas, completamente distraída. Sin embargo, para cuando se dio cuenta, ya había cruzado el Atlántico y estaba justo frente al canal de Panamá. “Yo le meto pata”, pensó para sí, y luego de pasar al Pacífico, enfiló con destino al sur. A la altura de Valparaíso, Chile, se acercó a la costa, bebió un vaso de vodka con hielo y continuó viaje. En 12 minutos estuvo en el Estrecho de Magallanes y, luego, distendida, flotó muy cerca de las playas argentinas.

Cuando la anciana estaba a punto de atrapar a un pingüino que le había picoteado, al pasar, una nalga, un estruendo inesperado casi le provocó un ataque de reuma. Espantada, Ester se sumergió unos 1000 metros. Cuatro horas después, salió a la superficie y se encontró con algo insospechado... Un flota de balleneros, compuesta por un barco tripulado por media docena de japoneses rubios, un galeón inglés, una lancha que transportaba a la selección de jockey del Tibet, y una canoa repleta de gitanos bailando una tarantela, navegaba a su lado. Al mirar al norte, Ester comprendió todo: una ballena azul, acalambrada, flotaba tranquilamente a escasos metros de ella.

Enseguida, los barcos comenzaron a atacar al mamífero. Decididos, los japoneses le arrojaron a la ballena 4 televisores Sanyo y un cargamento de bolsas de arroz “Chico-el-Grano” en estado de putrefacción. Por el contrario, los ingleses la bombardearon con 7 imágenes de Elton John rascándose una pierna antes de dormir. Aún así, la ballena no se detuvo.

Despiadados, los tibetanos comenzaron a rezar y, casi al instante, una estatua de Buda comiendo camarones cayó a centímetros de la ballena. Sin quedarse atrás, los gitanos le lanzaron botellas repletas de dientes, un ventilador de techo, y un pote de crema para combatir la soriasis. Este último dio en la nariz del mamífero y la ballena frenó su marcha. Espantada, Ester comprendió que debía entrar en acción...

Utilizando sus uñas, fortificadas con calcio y combustible para aviones, trepó por el casco del buque japonés y, de un codazo, derribó al primer oriental que se agachó para saludarla. Enseguida, el Sr. Miyagui, capitán de la nave, apareció en escena desenvainando una katana algo desafilada. Rápida de reflejos, Ester tomó un salvavidas (Made in “Acá a la vuelta”) sujetó los brazos del japonés rubio y, aplicándole un revés con la mano derecha, lo mandó directo a la chimenea del barco. Atemorizados, el resto de los marinos se dieron patadas en los testículos entre sí y luego pusieron proa a Tokio. A lo lejos, sin ofrecer resistencia, los ingleses también huyeron.

Comprobado esto, Ester tomó una Honda Ninja -que de casualidad estaba estacionada sobre la cubierta del barco oriental- y, luego de improvisar una rampa con el cuerpo de un japonés desmayado, saltó con la moto hasta dar con la lancha de los tibetanos. Rápidamente, el equipo de jockey –palos en mano- avanzó para darle su merecido a la anciana. Obviamente, nadie lo esperaba: desde la parte superior de su traje de baño, Ester extrajo su mundialmente famoso bastón modelado en sauce llorón. Enseguida, comenzaron las estocadas. Los tibetanos avanzaron en dos grupos, por lo que la anciana decidió dar una vuelta invertida en el aire para, luego de aguantar las náuseas por el giro, quedar en medio de ambas formaciones. Una vez allí, colocó un rodillazo en la ceja de uno de sus contrincantes, a otro lo dejó ciego de un escupitajo, y a un tercero le aplicó una combinación de patadas en las muelas, gancho al hígado y cabezazo en el tabique nasal que culminó por dejarlo desparramado sobre la cubierta. Sin pensarlo dos veces, el resto de los presentes se dirigió a la cabina de mando y cambió el rumbo de la embarcación.

Pero aún quedaban los gitanos. Ester tomó la moto y, acelerando de 0 a 100 en 5 segundos, saltó por una tarima en búsqueda de la canoa de los cazadores de ballenas. Pero un error de cálculo produjo lo inevitable: la anciana había acelerado en exceso, y cayó al agua luego de sobrevolar la cabeza del enemigo. Pese a esto, enseguida logró subir a la canoa con la agilidad que distingue al tucán en celo. Obviamente, los gitanos no la iban a hacer fácil. En cuanto vieron a Ester, comenzaron a bailar más rápido su tarantela: buscaban marear a la anciana. Pero Ester no se amedrentó. Por el contrario, en segundos consiguió danzar a la par de los gitanos y estos empezaron a vomitar y perder el equilibrio. Luego, y de acuerdo a su pasado como futbolista de la selección sueca, la anciana comenzó a vaciar la canoa a puro puntapié. El primer gitano que salió impulsado de la embarcación, producto de un derechazo de volea propinado por Ester, cayó en Angola (donde, según algunos, puso un restaurante y una concesionaria de automóviles) otro en Costa Rica (fue presidente de ese país) y un tercero en la Isla de Borneo (murió atacado por un cangrejo en estado vegetativo)

Los sobrevivientes a la ofensiva de la abuela guerrera, prometieron abandonar la cacería, afeitarse más seguido, y no regresar nunca más por esas aguas: la ballena estaba a salvo.

Fatigada, Ester volvió al agua y nadó en estilo pecho hasta llegar a Montevideo, Uruguay. Una vez allí, tomó un vuelo de Aerolíneas Francescoli y regresó a Oslo. Cuando finalmente arribó a su casa, comprobó, sorprendida, que aún tenía mucho calor. Para remediar esto, quitó todo lo que tenía en la heladera y, llevándose consigo una almohada rellena con cabellos de Pelé, se encerró dentro del artefacto con el fin de disfrutar, al menos una vez, de una cómoda siesta.



* Basado en una historia real

jueves, 4 de septiembre de 2008

Hoy presentamos: “Ester, la danza y los recuerdos”. (Capítulo IV)

Noche de juerga, algarabía y diversión en Oslo. Con la presentación en vivo de Tina Turner y del sobrino nieto de Caetano Veloso, la Pantera Rosa festejaba sus 106 años en compañía de parientes, admiradores y amigos. Así, entre estos últimos podía contarse a José Luis Perales, El Hombre Nuclear, Los Tres Chiflados y, recién llegada de México, María Antonieta de las Nieves (conocida mundialmente como “La Chilindrina”) Pero, de toda esta constelación de estrellas, cráteres, y agujeros negros, una luminaria se destacaba por sobre todas las cabezas: Ester.

Al tiempo que hablaba de política, yoga y métodos para bautizar a un musulmán ciego, la anciana daba cátedra de conocimiento versátil e indiscriminado en tanto que, inquieta, hacía jueguitos y piruetas con un balón de fútbol y, además, degustaba su tradicional vodka con hielo.

Alrededor de las 4 de la mañana, un viejo conocido de Ester se hizo presente en la reunión. Erguido sobre su caballo, molesto por unas hemorroides traicioneras, y quitándose el sombrero para saludar a la cumpleañera, El Zorro se acercó a una de las mesas para servirse una piña colada, comerse una porción de camello hervido y, de paso, pegarle un puntapié al perro Rin Tin Tin, que dormía bajo una de las ya mencionadas mesas.

Pese a que nadie lo suponía (sólo la KGB lo sospechaba) El Zorro y Ester se conocían más de la cuenta: habían sido novios en 1950. Pero, según luego contaría Juan Domingo Perón (amigo de Ester) la anciana habría abandonado al superhéroe enmascarado debido a que éste, necio, no dejaba de poner su famosa “Z” en todos lados con su desafilada espada, incluso en los vestidos nuevos que la anciana robaba a menudo. Pero, según la palabra de algunos cultores del reggae, algo más habría motivado la separación...

“Hola, diosa”, le susurró El Zorro a Ester, en el oído y ni bien la tuvo a su alcance. “Qué hacés, perdido”, contestó la anciana, mientras meneaba la pelvis al ritmo desenfrenado de los Chemical Brothers. El Zorro bebió un trago de piña colada, volvió a patear a Rin Tin Tin, y continuó con su estrategia de seducción: “Cada vez estás más hermosa, bicho canasto”. “Tengo el presentimiento de que voy a besarte”, agregó el enmascarado, para luego sacar de su capa negra un ramo de jazmines que rápidamente entregó a la anciana.

“Rajá, no los quiero”, contestó Ester, apoyándose sobre su bastón modelado en sauce llorón. Parecía distraída; su mirada se perdía en la pista de baile; lugar en donde José Luis Perales, completamente ebrio, improvisaba un streap tease subido al techo de un automóvil. “Vamos, chiquita, alguna vez tenés que perdonarme...”, argumentó El Zorro al tiempo que, con su espada, traspasaba a una cotorra que justo pasaba volando por allí. “Eso nunca”, contestó la anciana. “Vos me engañaste con Hillary Clinton y luego con la Cicciolina: nunca voy a perdonártelo”, agregó Ester. “Era joven, corazoncito de melón, tenés que entender mis impulsos...”, trató de defenderse el héroe americano. “Esa no es excusa”, dijo Ester mientras, aburrida, comenzaba a pinchar con un tenedor la nuca de Moe, el más cerebral de Los Tres Chiflados. “Yo también fui joven y, sin embargo, nunca le presté atención a todas las propuestas amorosas que me hizo John Travolta durante años”, murmuró la anciana, visiblemente ofuscada.

“Vení, cucharada de azúcar, vamos a bailar. Este tema me motiva...”, comentó El Zorro mientras, de fondo, sonaba una versión remixada del hit “Loco Mía”. Imitando a un ejemplar de rapero neoyorquino desquiciado, El Zorro cruzó una pierna por detrás de la otra y, gritando “Guarda”, giró sobre su talón hasta quedar erguido sobre un solo dedo de su pie derecho. Reunidos en círculo junto a él, los presentes aplaudieron a rabiar. Harta de cederle protagonismo a tan infiel superhéroe, Ester decidió no quedarse atrás. “Esto lo saqué de Cocoon I”, murmuró la anciana y, a modo de caminante lunar, deslizó su cuerpo hacia atrás sin despegar los pies del suelo encerado. Luego, abrió sus piernas imitando a Jean Claude Van Damme, se colocó de espaldas al piso y, sin dejar de flexionar las rodillas, comenzó a girar como un trompo hasta transformar su figura en un huracán californiano.

Excitados, Los Tres Chiflados se rompían botellas en la cabeza, y luego se prendían fuego unos a otros para festejar la agilidad de la anciana de 75 años. Al mismo tiempo, Tina Turner escupía a La Chilindrina y, sereno, el sobrino nieto de Caetano Veloso hablaba con el Hombre Nuclear sobre budismo y recetas para cocinar a una chinchilla.

Sorprendido y sintiéndose avergonzado ante la destreza de Ester, El Zorro se hizo a un lado del público presente, tomó a su caballo (Tras) “Tornado”, le dio un último puntapié a Rin Tin Tin (Al que el perro eludió con un:“¡Basta, tarado!”) y partió de la fiesta prácticamente a la carrera, atropellando a su paso a 6 mesas de póquer, una motocicleta portuguesa, 8 integrantes del reality show “Operación Triunfo Argentina”, y un retrato pintado al óleo de Mickey Rourke.

“Bravo, Ester”, dijo José Luis Perales, mientras le acercaba a la anciana un habano y un vaso de vodka. “¿Dónde aprendiste eso?”, la interrogó el cantautor mientras, sin disimulo, contemplaba las piernas apenas arrugadas de Ester. “Pues, me lo enseñó un novio que tuve una vez...”, contestó la anciana, haciéndose la distraída. “Eso sucedió una noche en la que no me sentía bien”, agregó, entre risas, la mujer, mientras saltaba sobre una mesa para luego comenzar a bailar descontroladamente una versión rumana de “Aserejé”; pieza compuesta por las inoxidables Ketchup.

“Contáme ¿Qué tenías?”, insistió Perales, al tiempo que mordía con cuidado una silla de mimbre. “Fiebre de sábado por la noche...”, murmuró, pícara y sonriente, una divertida Ester. Aún así, un brillo extraño; un halo de melancolía pareció nublar su mirada...

La anciana sacudió su cabeza, tomó una botella de Tequila y retornó a la pista de baile. Un rato después, saldría algo mareada de aquella multitud danzante. Finalmente, quienes la llevaron a su casa –un uruguayo y una mujer descalza que, tipo 6 de la mañana, irrumpieron y asaltaron a todos en la fiesta- dicen que Ester mencionó algo respecto a un último brindis antes de dormirse en un baldío repleto de cebras y narcotraficantes. Un trago que, según los delincuentes, la anciana le habría dedicado a un viejo amor de juventud. Un brindis que Ester habría efectuado a nombre de John Travolta...

*Basado en una historia real